Yo pido, y se me Da, Yo llamo, y la puerta se me Abre

EL PROPÓSITO DE LA VIDA
La cabeza de un hombre puede estar llena de conocimientos mundanos carentes de sentido.

Él puede dominar todas las ciencias, sin embargo, desconocer su propia alma. Conoce las propiedades especiales de cada substancia, pero en cuanto a conocer la naturaleza de su propia esencia, es tán ignorante como un asno.

Declara: “Yo conozco lo que es aceptable y lo que no lo es”, pero no sabe si sus propias acciones son acceptables.

Conoce el valor de cada artículo que compra y que vende, pero en su estupidez, desconoce lo que él mismo vale. Ha aprendido a conocer las estrellas auspiciosas de las inauspiciosas, pero no analiza su alma para ver si se encuentra en un estado afortunado o pobre.

Conocerte a tí mismo y vivir tú, preparándote para el día del Juicio Final, es dominar la ciencia más elevada de todas.
Rûmi, “El Masnavi” (III)

El mayor de los místicos islámicos, un extraordinario poeta del amor. Hijo de un gran maestro sufi de la época, Baha Veled, nació en Afganistán, pasó por Irán y vivió y murió en Konia, Turquía. Era un erudito profesor de teología, celoso en sus ejercicios espirituales. Todo cambió en su vida cuando se encontró con la figura misteriosa y fascinante del monje errante Shams de Tabriz. Como se dice en la tradición sufí, fue «un encuentro entre dos océanos». Ese maestro misterioso inició a Rumí en la experiencia mística del amor. Su agradecimiento fue tan grande que le dedicó todo un libro de 3.239 versos, el Divan de Shams de Tabriz. «Divan» significa colección de poemas. Esa experiencia de unión amorosa fue tan inspiradora que hizo que Rumí produjese una obra de 40 mil versos. Famosos son el Masnavi (poemas de cuño reflexivo-teológico), el Rubal-yat (canción de amor a Dios) y el ya citado Divan de Tabriz. Propio de la experiencia místico-amorosa es la embriaguez del amor que hace del místico un «loco por Dios», como lo fue san Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, Santa Xênia de Rusia y también Rumí. En un poema del Rubai’yat dice: «Hoy no estoy ebrio: soy los millares de ebrios de la tierra. Estoy loco y amo a todos los locos, hoy». Como expresión de esta locura divina inventó la sama, la danza extática. Consiste en danzar girando sobre sí mismo y alrededor de un eje que representa al sol. Cada dzerviche –así se llaman los danzantes- se siente como un planeta girando alrededor del sol que es Dios. El misticismo de Yalal ud-Din Rumi se enriquecerá con nuevas experiencias incomprensibles y hasta provocadoras para la ortodoxia musulmana de la época. Sin embargo, nada le impedirá continuar su camino de autoconocimiento. Danza, canto y música son los vehículos que utiliza para conducir cuerpo y alma hacia la experimentación de las verdades espirituales eternas.

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