Biodanza, el lenguaje del cuerpo

“Es la danza de la vida”. Así define Gerardo Sobarzo la terapia alternativa conocida como biodanza y de la cual es profesor. “Es vivir el presente, el aquí y el ahora”, agrega. Se trata de un sistema que a través de la música, el movimiento y la interacción grupal busca la integración humana, la renovación orgánica, la reeducación afectiva y el reaprendizaje de las funciones originarias de la vida, según se explica en la International Biocentric Foundation, institución que coordina metodológicamente todas las escuelas de formación de biodanza en el mundo.

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Nació en los años ’60 de la mano del chileno Rolando Toro Araneda y hoy se ha extendido a casi todos los países del mundo. Su creador -un profesor, psicólogo, poeta y pintor, fallecido en 2010- partió aplicándola entre los enfermos mentales del Hospital Psiquiátrico de Santiago, a quienes hacía danzar con el objetivo de inducir armonía y tranquilidad en ellos.

Pero, ¿para qué sirve concretamente? Según Gerardo Sobarzo, esta terapia ayuda a las personas a conocerse a sí mismas. “La biodanza es de mucho contacto con otros seres humanos”, explica. De esta manera, cada uno puede tener una cierta percepción de los otros y de su relación con ellos, y este sistema ayuda a saber si esas ideas son una realidad. Por ejemplo, puede ser que una persona crea que no le importa que otra tenga exceso de peso o transpire mucho, pero a la hora de tener que interactuar con ella sabrá realmente si lo que piensa es verdad.

Las sesiones de biodanza son grupales, duran entre una hora y media y dos horas, y se realizan una vez a la semana. Constan de dos partes. En la primera, denominada relato-vivencia, los participantes se sientan en el suelo en forma de ronda y expresan lo que en ese momento están sintiendo o algo que la clase anterior generó en ellos. “Si alguien viene complicado con un tema, ahí lo pone para liberarse un poco de eso, para que pueda entrar en la clase”, describe Sobarzo.

Posteriormente, los biodanzantes realizan una serie de ejercicios acompañados de diferentes tipos de música, dependiendo de lo que se quiera generar. “Hay clases que están enfocadas a los elementos (fuego, aire, etc.), clases más suaves, va a depender de lo que el profesor quiera trabajar en ese momento con ese grupo humano”, señala Gerardo Sobarzo.

Un detalle fundamental es que en la segunda parte de las sesiones de biodanza está prohibido hablar. “Se puede llorar, gritar, reír, todas expresiones del cuerpo, pero no conversar con otro. Una vez que empezó la clase, ya no se conversa y hasta la clase siguiente”, dice el profesor. ¿La razón? “Rolando Toro Araneda decía que hay cosas que quedan en el cuerpo y siguen trabajando después de la clase. Pero si tú lo subes a la cabeza, cortas el proceso”, explica Sobarzo.

Respecto al papel que cumple el profesor, Sobarzo sostiene que es un “facilitador”. “No debe notarse mucho ni influenciar a la gente, tiene que ir guiando y permitiendo que las cosas se generen, que sucedan. Puede planificar una clase, pero si en el momento en que la está haciendo ve que la cosa va para otro lado, cambia la música y puede enfocarla de otra forma, dependiendo de las personas”, afirma.

Una terapia para todos

La biodanza puede ser practicada a cualquier edad y por cualquier tipo de persona. Aunque quizás suene absurdo, los únicos que quedan fuera de la lista son quienes tienen trastornos psicopáticos. “Los psicópatas son los únicos que, decía Rolando Toro, no pueden hacer biodanza, porque no son humanos, porque no sienten, son capaces de hacer cualquier atrocidad, entonces no pueden estar ahí con otros seres humanos donde el centro es la vida. Pueden hacerle daño a alguien o hacerse daños a sí mismos”, explica Sobarzo.

También pueden ser biodanzantes quienes padecen alguna discapacidad o enfermedades como el Alzheimer. En el caso de los niños, no existe problema en que participen de esta terapia, aunque separados de los adultos.

Es importante señalar que para asistir a clases de biodanza se requiere voluntad. “No sirve que alguien te lleve, tú tienes que ir porque tú quieres, y si te hace sentido sigues y si no te vas”, concluye el profesor. Por M. Francisca Prieto, Emol.

Vía: me amo me cuido

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