El cuerpo es la caja negra que registra todo

Mario Salvador es psicólogo especializado en el trauma, esa mochila que sobrecarga una vida. Liberándose de ella, dice, surge el verdadero ‘yo’.

De niño, este psicólogo y psicoterapeuta gallego quiso ser arqueólogo, porque uno de sus profesores les llevaba, a los alumnos, a descubrir tesoros por el campo, a tocar la historia con las manos. Hoy, Mario Salvador (Lugo, 1959), se podría decir que ha fusionado la arqueología con la psicología. Estudia el arte de la psicoterapia como camino para hallar el tesoro más bien guardado de las personas: su verdadero yo. Para ello necesita levantar pesadas piedras, traumas que las vivencias van registrando en la mente y, siempre también -asegura-, en el cuerpo.

-¿Al cuerpo no se le pasa nada por alto? El cuerpo es como una caja negra en la que todo queda registrado. En la vida, cada uno vamos construyendo nuestras ideas del yo, en base a las experiencias que vivimos, algunas más o menos traumáticas. Acceder a los momentos en los que se escribió el mapa de esos diferentes yopermite reescribir lo que somos. Las ideas del yo son mutables, y accediendo a la caja negra, podemos llegar a la dimensión esencial de uno mismo.

-Por eso, a su libro sobre el yo y los traumas que lo cubren, lo ha titulado ‘Más allá del yo’ (ed. Elefthería). ¿A quién va dirigido? Está llegando al público en general, aunque en principio, lo hice pensando en los profesionales de la psicología y la psicoterapia. Porque la psicología, hasta ahora, ha estado muy basada en la evidencia, solo lo que la ciencia ha podido demostrar se aplica. Pero la ciencia es una lente muy pequeña, no solo funciona lo que ella explica. Cada cosa tiene un significado único para cada uno, porque somos muy complejos, y ser comprendido es un proceso de relación.

-¿Cómo sabes que te comprenden? Porque la respuesta que te da el otro está en sintonía, encaja. Si tú estás enfadado y yo te tomo en serio, eso encaja. Si tu estás asustado, y yo te ofrezco protección, encaja. Si estás triste y empiezo a explicar chistes, no encaja. Yo resueno con tu experiencia, sea de trauma o de placer.

-¿Cómo atrapa el cuerpo al trauma? En realidad, no son los acontecimientos lo que nos traumatiza, el trauma es algo muy físico, muy corporal. Depende de cómo nuestro cuerpo responde, de una manera refleja, a algo que nos amenaza. No manda nuestro cerebro pensante, sino el cerebro subcortical, sin pensamiento ni lenguaje. Ante una amenaza, podemos luchar, huir o, si no se puede escapar, un temor inenarrable queda congelado, nos paraliza y produce una desregulación orgánica y hormonal. Aún se conoce poco cómo el trauma afecta a nuestra biología. Muchas enfermedades autoinmunes tienen su origen en traumas como un desprecio. El cuerpo recuerda toda historia vivida.

-¿Y cómo se lee el cuerpo? Escuchándolo, fijándonos en nuestras sensaciones físicas y reacciones, gestos y microexpresiones. La práctica del mindfulness nos ayuda mucho en la terapia, hablar es solo la puerta de entrada, la profunda relación consigo mismo llega escuchando el propio cuerpo, y el mindfulness permite hacerlo observando con amor y aceptación de las propias experiencias y emociones, sin intervenir racionalmente.

-Es como hacerse amigo de uno mismo. Sí, una buena terapia es la que logra reinstaurar la autocapacidad de cura, con libertad, con capacidad de elección desde la conciencia. Cuerpo y cerebro tienen una capacidad innata para curarse. Pero para curar el trauma, hay que querer mirarlo.

-¿Cuál es el trauma que más acusan sociedades como la nuestra? El peor y más común es el trauma del déficit en las vinculaciones personales, los traumas más dañinos tienen que ver con la falta de seguridad, apoyo y cuidado en las relaciones, y el trauma de nuestra cultura es calmar en el consumo la necesidad de lo que de las personas no recibimos.

Fuente: El Periodico

*Si quieres acceder a tu “caja negra”, inscríbete en el próximo Taller Mindfulness a través del Movimiento en Feldenkrais Barcelona.

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El nuevo desafío que enfrentamos como adultos no es aprender, es desaprender

La necesidad de seguir actualizando nuestro saber a lo largo de toda la vida lleva a renunciar a la comodidad que ofrece el terreno conocido.

A través de la historia, la humanidad fue acumulando conocimiento de manera gradual y lenta. El ritmo al que el saber perdía vigencia era también lento y eso nos llevó a diseñar nuestra vida con una etapa inicial de aprendizaje que incluye unos 10 a 20 años de educación formal e informal, para luego dedicar el tiempo que nos quede a aplicar el saber adquirido en nuestra tarea profesional adulta. En esa segunda etapa, la mayoría dedicamos mucho menos tiempo a seguir estudiando, a actualizar lo que aprendimos, que en aquellos años formativos iniciales.

La aceleración del cambio de las últimas décadas está poniendo en jaque esta manera de encarar la vida. ¿En qué medida puede, por ejemplo, un médico formado hace 30 o 40 años ejercer su actividad de manera efectiva hoy? ¿Cuánto tiempo debería dedicar a ponerse (y luego mantenerse) al día al ritmo que se genera nuevo conocimiento? ¿Y cómo es posible compatibilizar esa gran inversión de horas con la alta demanda que ya implica su trabajo diario actual? La idea de estudiar una carrera durante 4 o 5 años de joven para adquirir el saber de nuestra profesión y luego trabajar de ella por el resto de nuestra vida empieza a resultar insostenible. Samuel Arbesman, en su libro La vida útil de los datos, estima que en la mayoría de las áreas la “fecha de expiración” del conocimiento no llega hoy a los 10 años.

Esta reciente necesidad de seguir actualizando nuestro saber a lo largo de toda la vida ha puesto en foco la atención de muchos investigadores en la dificultad creciente de aprender en la edad adulta. Sin embargo, para mí esta manera de ver el tema pasa por alto el aspecto más problemático. El nuevo desafío más difícil que enfrentamos como adultos no es aprender. Es desaprender.

Todo conocimiento nuevo que adquirimos debe integrarse conceptualmente con nuestros saberes previos. Algunas novedades encajan fácilmente con lo que ya sabíamos y nos resulta rápido y sencillo incorporarlas, porque refuerzan nuestras creencias. Pero otras novedades chocan con algunas de las certezas que el estudio y la experiencia previa nos llevaron a adquirir y entran en conflicto con nuestra manera de ver el mundo. En algún sentido, como niños éramos un recipiente vacío, listo para ser llenado. Como adultos, estamos ya llenos de convicciones y prejuicios. Agregar contenido implica en ocasiones desprendernos de lo previo, renunciar a la comodidad que ofrece el terreno conocido.

Es importante entender que en este proceso nuestras tendencias mentales no nos ayudan. El brillante psicólogo israelí Daniel Kahneman mostró con sus experimentos que la “resistencia al cambio” y la “preferencia por el statu quo” son dos sesgos cognitivos que están profundamente arraigados en el funcionamiento de nuestra mente. Una vez que sabemos algo, nos cuesta muchísimo revisarlo.

Si nos dejamos llevar por nuestras tendencias naturales será fácil disfrazar la resistencia al cambio con racionalizaciones que nos eviten el problema de desaprender. Pero como seres culturales que somos, tenemos el exclusivo privilegio de poder pelear contra nuestra naturaleza. Sólo a partir del esfuerzo consciente por volver a poner un signo de pregunta a nuestras certezas podemos encontrar el camino a desaprender y reaprender como modo de vida.

El desafío es grande, pero el premio también: en el plano social, la oportunidad de ser protagonistas del mundo que viene. En el plano personal, seguir creciendo y ampliando nuestros horizontes, cualquiera sea la edad que tengamos.

El autor es emprendedor y tecnólogo, autor del libro Pasaje al futuro (Sudamericana)

Fuente: La Nacion

El juego es importante para la salud

Los juegos ayudan a los niños a comprender cómo funcionan las cosas y les enseña desde la coordinación motriz hasta las matemáticas, palabras y habilidades sociales como la convivencia y la empatía. No importa la edad, jugar en la niñez o adolescencia es igual de importante para la salud, pues mejora las habilidades motoras.

El juego es considerado un derecho de la niñez y también una oportunidad para crecer y desarrollarse. A través de él, el niño manifiesta su personalidad, desarrolla su lenguaje y sus habilidades motoras, comprende la realidad que lo rodea y se va apropiando de ella. Muchos padres saturan a sus hijos con diversas actividades educativas desde una edad cada vez más temprana, dejando de lado uno de los factores más importantes para el desarrollo humano: el juego. Diversos estudios señalan que jugar incide en el desarrollo integral ya que mejora las habilidades cognitivas, creativas y socio-afectivas, particularmente en los jóvenes.

Según el sitio web Parenting.com, un ambiente rico en juegos es básico para el desarrollo del bebé y le enseña habilidades que usará a lo largo de su vida. De acuerdo con la información publicada, los juegos están inexorablemente ligados al aprendizaje, a la socialización, el desarrollo e incluso al intelecto. Jugar es el trabajo de los niños y requiere mucho más esfuerzo del que aparenta: al jugar se requiere un gran autocontrol y seguir reglas sociales del todo desconocidas para un menor.

Importante es destacar que el juego no solo ayuda al desarrollo físico de los infantes y a controlar sus impulsos, también mejora el estrés, la concentración y la memoria, y les ayuda además a entender cómo funcionan algunas cosas.

Según Stuart Brown, director del Instituto Nacional del Juego de Estados, esta actividad es importante no sólo en la infancia sino durante toda la vida.

De acuerdo con Brown, en su libro “Play: How It Shapes the Brain, Opens the Imagination, and Invigorates the Soul” (El Juego: cómo moldea el cerebro, abre la imaginación y vigoriza el alma), lo que tienen “en común ganadores de premios Nobel, empresarios innovadores, artistas e intérpretes, niños equilibrados, parejas y familias felices, es que juegan con entusiasmo toda su vida”.

Según expertos, las personas que hacen del juego parte de sus vidas, están menos propensas a sufrir enfermedades relacionadas con el estrés y las adicciones.

La mejor manera de aprender

En la búsqueda de la verdad somos niños.

La carta en la que Einstein explica a su hijo cuál es la mejor manera de aprender.

Albert Einstein escribió una misiva a su hijo animándole en su principal afición, el piano. En ella, describía la clave de todo proceso de aprendizaje eficaz.

Toca al piano principalmente lo que te guste, aunque la profesora no te lo asigne. Esa es la mejor manera de aprender, cuando estás haciendo algo con tal disfrute que no te das cuenta de que el tiempo pasa. Yo estoy a veces tan enfrascado en mi trabajo que se me olvida la comida a mediodía. Albert Einstein