Las personas mayores de 40 años deben trabajar solamente 3 días a la semana

Si usted es mayor de 40 años y empieza a pensar que ya no es plenamente capaz de concentrarse y recordar los hechos, podría señalar a su trabajo como un factor contribuyente.

Un estudio de investigación reciente conducido por los expertos en el instituto de Melbourne produjo conclusiones interesantes. Mientras el trabajo sea de hasta 30 horas a la semana éste será bueno para la función cognitiva en la cuarta década de vida, cualquier carga adicional hace que el rendimiento disminuya.

En realidad, las personas que trabajan 55 horas a la semana o más tienen el mayor declive cognitivo que aquellas que no tenían trabajo, se jubilaban o no trabajaban en absoluto.

La investigación incluyó 3500 mujeres y 3000 sujetos masculinos a los 40 años de edad. Mientras los sujetos realizaban pruebas de función cognitiva, su desempeño laboral estaba siendo monitoreado.

La prueba conocida como Ingreso del Hogar y Dinámica del Trabajo en la encuesta de Australia, midió cuán capaces fueron para leer las palabras en voz alta, hacer coincidir letras y números en ensayos de velocidad y recitar listas de números. El autor de este estudio, el profesor Colin McKenzie de la Universidad de Melbourne, afirma que tanto “conocer” como “pensar” son indicadores significativos. Las pruebas de lectura son el elemento «conocedor» de la capacidad, mientras que el «pensamiento» comprende el razonamiento de la memoria, la ejecución y la abstracción.

Aunque se cree que cierto grado de estimulación intelectual beneficia la retención de la función cognitiva en la edad avanzada, con acertijos cerebrales tales como crucigramas y Sudoku que preservan la capacidad cerebral en las personas mayores, la estimulación excesiva tiene el efecto opuesto.

El profesor McKenzie dijo para el periódico británico The Times que muchos países pretenden elevar la edad de jubilación, forzando a las personas a trabajar más tiempo, ya que no podrán reclamar beneficios hasta la edad avanzada. Su opinión es que la cantidad de trabajo puede tener una importancia significativa importante en esto. El grado de estimulación intelectual puede depender de las horas de trabajo. El trabajo puede ser una espada de doble filo. Por un lado, puede desencadenar la actividad cerebral, pero al mismo tiempo trabajar demasiado tiempo puede llevar a la fatiga y el estrés, lo que potencialmente daña las funciones cognitivas.

McKenzie cree que el trabajo a tiempo parcial puede beneficiarse en la preservación de la función cerebral en la edad media y avanzada. Así que surge la pregunta, ¿deberían las personas que pueden pagarlo reducir sus horas de trabajo? ¿Y el tipo de trabajo representa un factor?

Una persona pensaría que un trabajo menos estresante que disfrutan causaría menos daño en sus niveles de estrés y fatiga. Sin embargo, la prueba de Hilda no analiza cómo el tipo de trabajo afecta los resultados, así que esto es algo a considerar.

El profesor McKenzie analiza: “Es muy difícil identificar los efectos causales del tipo de trabajo sobre las funciones cognitivas. Las personas pueden ser seleccionadas en ciertas ocupaciones de acuerdo a sus habilidades cognitivas. “Ciertamente, las profesiones que implican trabajar mucho tiempo bajo estrés, en áreas competitivas y exigentes generalmente dañan la salud“.

Como la mayoría de nosotros estamos obligados a seguir trabajando después de los 40 años, cuidar la salud, pasar unas vacaciones tranquilas, y extender el tiempo de inactividad se vuelve esencial. El profesor McKenzie sugiere que “trabajar a tiempo completo – más de 40 horas a la semana – es aún mejor que ningún trabajo en términos de mantener la función cognitiva, pero no es maximizar los efectos potenciales del trabajo”.

Al parecer,  el equilibrio es necesario, especialmente porque los gobiernos de algunos países tienen planes de introducir requisitos de trabajo a tiempo completo hasta la edad de 70 años.

Fuente: El Libro de Gutenberg

Anuncios

Cómo hacer que su cerebro deje de preocuparse

¿Sabía que tenemos dos cerebros?

Bueno, estructuralmente podemos tener uno; pero cognitivamente tenemos dos: el cerebro “pensante” y el cerebro “no pensante”.

Nuestros cerebros están conectados para preocuparse primero y pensar después.

El neurólogo de la Universidad de Nueva York (NYU), Joseph LeDoux, lo resume muy bien: “las conexiones de los sistemas emocionales a los sistemas cognitivos (pensando) son más fuertes que las conexiones de los sistemas cognitivos a los sistemas emocionales“.

El sistema del que habla el Dr. LeDoux es el sistema límbico, que es un conjunto de estructuras profundas que evocan la respuesta emocional. El sistema límbico, que incluye el hipocampo y la amígdala, es el más antiguo del cerebro.

La parte pensante de nuestro cerebro, la corteza prefrontal (CPF) es la más nueva. Esto ayuda a explicar por qué, aunque somos criaturas inteligentes, a veces tomamos decisiones tontas. Tal vez compramos algo en “venta” por miedo a que la venta se acabe, o nos tomamos un helado grande Ben y Jerry’s por la noche aunque tengamos “pesar” a la mañana siguiente.

El cerebro “preocupante” prevalecerá sobre el cerebro “pensante” cada vez que no sepamos anularlo.

Pero no se equivoque, es esencial saber cómo dominar el cerebro preocupante.

Debido al ritmo acelerado, 24/7, la sociedad “siempre en marcha” diseñada para nosotros, estamos abrumados por la estimulación. La estimulación, independientemente de que sea positiva o negativa, activa la respuesta de lucha o huida del cerebro.

Sobreestimulación más agobio es igual a malas decisiones.

Anulación del sistema límbico

Si pudiera ver dentro de su cerebro cuando sus ojos se encuentran con algún objeto o algo que le gusta (zapatos, ropa, un hombre apuesto, una mujer hermosa), vería una enorme cantidad de actividad eléctrica disparada desde el sistema límbico hasta su cortex.

Su cerebro emocional le está diciendo a su cerebro pensante qué hacer.

Ahora, hay buenas noticias y malas noticias. La buena noticia es que usted puede anular la tendencia de su sistema límbico a dejar que las emociones controlen su vida. La mala noticia es que lleva tiempo y esfuerzo.

Pero si está dispuesto a invertir ese tiempo y esfuerzo, cosechará increíbles recompensas.

Como incentivo, por favor saque un pedazo de papel y bolígrafo.

Ahora, anote tres posible beneficios que puede tener si las emociones no controlan su vida. Tómese 2-3 minutos. Por favor, no siga adelante hasta que haya anotado estos tres beneficios – es esencial para el resto de este artículo.

(Dejó el papel en blanco intencionalmente… ha terminado, ¿verdad?)

¡De acuerdo entonces!

Para mostrarle que este escritor es fiel a su palabra, aquí hay tres posibilidades:

  1. Estar menos estresado
  2. Ahorrar más dinero
  3. Ser más productivo

¡Guarde esta lista en algún lugar donde pueda verla! Servirá como un gran motivador cuando las cosas se pongan difíciles.

CÓMO DEJAR DE PREOCUPARSE TANTO

Para ser claros, nuestra meta es revertir la vía predeterminada del cerebro desde el sistema límbico hasta la corteza cerebral. Es decir, para que la corteza cerebral le diga al sistema límbico qué hacer.

Vamos a discutir cinco pasos que, si se estudian y practican regularmente, le ayudarán a controlar al cerebro preocupante. Es útil llevar un diario, ya que estos pasos requerirán profundizar en sus pensamientos. Escribir tus pensamientos en papel hará dos cosas: (1) te ayudará a recordar los cinco pasos, y (2) proporcionará contexto a los pensamientos fugaces.

Susan Krauss Whitbourne, psicóloga y profesora Emerita of Psychological and Brain Sciences en la Universidad de Massachusetts Amherst, nos da una “serie de cinco pasos” para superar con éxito el sistema límbico:
1. EXAMINAR SUS CREENCIAS IRRACIONALES

A menudo tenemos creencias ilógicas que nos llevan a ver la amenaza donde realmente no existe. La mayoría de estas creencias implican nuestra necesidad de estar a la altura de los “debes” de la vida. Encuentre un equilibrio más realista entre su ideal y su ser real, y sus preocupaciones desaparecerán.

2. APRENDA A HABLAR A TRAVÉS DE SUS SENTIMIENTOS

En la terapia cognitivo-conductual, los pacientes aprenden a contrarrestar sus pensamientos ilógicos con una evaluación más clara. Gran parte de este proceso implica sustituir las formas negativas en que la gente piensa por pensamientos más neutrales o positivos.

3. DEJAR DE LADO LOS SENTIMIENTOS CUANDO TOME DECISIONES IMPORTANTES

Somos fácilmente influenciados por argumentos emocionales. Los abogados litigantes hacen un negocio exitoso al apelar a las emociones de los jurados, esperando que ellos dejen que su simpatía por la víctima supere sus juicios sobre su responsabilidad legal. Ningún ser humano nunca será completamente desapasionado en tales situaciones, pero mientras más se pueda separar la lógica de la emoción, más probable es que se tomen decisiones justas y razonadas.

4. CONSEGUIR APOYO DE ALGUIEN QUE PUEDA AYUDARLE

Nuestras emociones reaccionan con rapidez y contundencia a ciertas experiencias, y a veces no podemos controlar esos sentimientos. Es por eso que los padrinos son tan cruciales en programas como Alcohólicos Anónimos. Esa otra persona puede servir como su “corteza” cuando la suya está fuertemente bajo la influencia de una adicción que está gobernando su sistema límbico.

5. DESARROLLAR LA CONFIANZA EN SU AUTOCONTROL

De acuerdo con la noción de autoeficacia, las personas pueden ganar control sobre sus conductas problemáticas cuando se consideran capaces de ejercer ese control. A medida que se adquiere la fuerza de las buenas decisiones, de la conquista de sus preocupaciones o del control de sus impulsos, gradualmente descubre que esos impulsos y miedos le dominan cada vez menos.

Fuente: CONOCERMEMÁS

El mejor regalo que puedes hacer a tu hijo es ayudarle a entrenar el cerebro en positivo

Doscientas cincuenta pequeñas rutinas que podrían cambiar tu vida amorosa, laboral, familiar… y, sobre todo, contigo mismo. Esta es la última propuesta editorial de Elsa Punset con «El libro de las pequeñas revoluciones» que, por cierto, no es una obra para leer de un tirón. Es más bien, explica con pasión la autora, para que uno se pregunte, «¿qué rutina exprés necesito hoy? Le haga una foto con el móvil a la página, y se la lleve encima para practicarla en cualquier momento del día. O para que lo tenga en la mesilla a modo de consulta», propone.

El libro es un compendio de las personas que han inspirado a esta filósofa por su sabiduría a lo largo de los años. «Es un libro para vivir dentro, para pintar, tiene citas… Quería que fuera esa persona sabia, esa referencia, que te acompaña en el proceso de las emociones, en el que estamos muy solos normalmente. Normalmente preguntas a una amiga, a tu madre, a la vecina… Yo quería respuestas con cierta coherencia y consistencia», asegura.

Con el libro lo que Punset intenta es dar pistas muy sencillas de lo que la gente puede hacer de forma natural. «De hecho, es muy probable que los lectores conozcan muchas de las propuestas, pero que no las practiquen aunque les hagan sentirse bien. Me gustaría ayudarles a reincorporarlas», añade.

—Los seres humanos, ¿aprendemos solo de la experiencia, de la dificultad, de la pérdida?

—Así es como funcionamos. En piloto automático. El cerebro es un órgano programado para sobrevivir. Esta es su única prioridad. No es que seas más creativo, que te relaciones mejor, que te sientas mejor… Eso no importa. Entonces, ¿qué hace el cerebro? Agranda los peligros, recuerda las cosas malas… para las cosas buenas es como si fuese teflón. En cambio, agarra todo lo malo. Y desde que nacemos nos deberían enseñar a entrenar el cerebro en positivo, a reprogramarlo. ¿Qué he hecho en este libro? Poner 250 rutinas positivas para que todo el mundo encuentre alguna que le sirva, o que se cree las suyas propias.

—¿Es cierto que para hacer tuya una rutina, hay que repetirla durante todos los días durante un mes?

—Esto no es una ciencia exacta. Lo que si es cierto es que cada acción y cada pensamiento dejan una huella física en el cerebro. Y no somos lo suficientemente conscientes de eso. Se parece más al mecanismo de «me lavo los dientes por las mañanas», que el cuerpo ha aprendido a activar. Pero se trata de hacerlo de forma consciente. Simplemente de preguntarte, ¿dónde puedo mejorar? ¿Qué cosas, qué hábitos, qué repito una y otra vez y no me funcionan? ¿Puedo desaprender? Esto último es otra cosa a tener en cuenta y que no hemos aprendido a hacer. Funcionamos en piloto automático. Con lo cual cuando hablamos de aprendizaje. Tienes que repetir muchas veces una cosa para que el cerebro la aprenda. Que desaprenda una forma de hacer las cosas y que aprenda otra. Sabemos que tienes que repetirlo bastantes veces, por esta razón he intentado que las rutinas sean ligeras.

—De las 250 rutinas exprés, ¿cuáles son las preferidas de Elsa Punset, su «top ten»?

—Cualquiera que me ayude a activar mi luz interior. Pero todo depende del momento de la vida en la que te encuentras. Mis diez rutinas preferidas de ahora lo son porque pertenecen al ámbito en el que estoy trabajando, pero no porque me tengan que durarme toda la vida. Por ejemplo, ahora mismo estoy muy centrada en todo lo que es lenguaje facial y corporal para gestionar las emociones. A mí me encanta la de las «poses poderosas». Es maravillosa. Para entenderla, aconsejo ver el vídeo de la psicóloga social de Harvard Amy Cuddy, donde se muestra como las «posturas de poder» —mostrar una actitud de seguridad, aún sintiéndose inseguro— pueden alterar los niveles cerebrales de testosterona y cortisol, e incluso mejorar nuestras probabilidades de éxito. Existen dos tipos de «poses poderosas». La de ganador del maratón, con los brazos abiertos y el mentón levantado, o la de brazos en jarras. Si tu haces cualquiera de estos dos gestos, en dos minutos cambia todo el equilibrio químico corporal del cuerpo, porque estás mandando un mensaje al cerebro muy importante.

Es curioso, pero se ha visto que las niñas, hasta los 11 o 12 años, tienen las mismas poses que los chicos. Pero a partir de esa edad se repliegan: Se dejan interrumpir, hablan más bajito, se arriesgan menos… Con el cuerpo reflejan el mensaje social que les enviamos, y que las niñas van incorporando. Así pues, el mejor regalo que puedes hacer a tus hijas, hermanas, sobrinas, alumnas, es enseñarles a reclamar ese espacio. Es una sencilla rutina emocional, muy poderosa. También funciona solo imaginándolo.

Por último, la rutina que más me gusta en este momento, y que en particular creo que una de las más útiles, es la de los gestos faciales. Hay una conexión muy directa entre el cerebro y la cara. Si frunces el ceño, si pones cara de sorpresa… tu cerebro reacciona inmediatamente.

—¿Quién manda el mensaje a quién?

—Van a la vez. Esto me parece extraordinario. Antes pensábamos que «si yo me siento bien, sonrío». Ahora resulta que si sonríes ya estás mandando el mensaje de que no estás tan mal como temes. Pero tu cerebro —por si acaso— está todo el día en alerta. Se ha comprobado que las mujeres y hombres que se inyectan botox, al no poder fruncir el ceño, tienen una percepción un poco menor de las cosas negativas que les vienen de fuera. Una de las rutinas del libro es practicar lo que llamo «botox natural». Es como abrir el capó de un coche. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué puedo cambiar? ¿Qué es sencillo de cambiar? ¿Qué puedo hacer que, de alguna forma, le mande un mensaje diferente al cerebro?

—Decía usted que, desde que nacemos, nos deberían enseñar a entrenar el cerebro en positivo, a reprogramarlo. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos?

—En mi familia practicamos mucho el «thing». Básicamente de lo que se trata es de abrir los cauces de comunicación. Los humanos tenemos a veces una verdadera dificultad a la hora de prevenir o de hablar de los problemas, aunque no sean demasiado grandes. Generalmente reventamos las situaciones, porque dejamos que la situación se enquiste. Con el «thing» lo que tratamos de hacer es acostumbrar a los niños desde que son pequeños a contar las cosas que les preocupan, para buscar soluciones en grupo. No se trata de que comuniquen solamente las experiencias malas. En casa hablamos de una cosa buena y de una cosa mala. La cosa buena es una celebración: siempre hay que celebrar y es algo que a las familias se nos olvida.

Debería haber mucha más alegría en las familias. Nosotros celebramos, y luego exponemos la cosa que creemos que es mejorable, lo que sea, para tomar decisiones en familia. Nos preguntamos: ¿qué podemos hacer? Pero no lo hacemos desde la confrontación o la agresividad. Funciona muy bien, porque entonces lo que haces es adelantarte a los problemas. Convocamos un «thing» cada cierto tiempo y cuando alguien dice: «No tengo ningún problema», buscamos algo para mejorar. Porque todo es mejorable. Con este tipo de acciones al niño le das la sensación también de que las cosas están en sus manos. Creo que es muy importante entender que, al final, en cuestiones de gestión emocional, podemos mejorar las cosas, cambiarlas.

—Usted en su libro propone otra rutina para entrenar el cerebro de los niños en positivo: el llamado «bote de la felicidad». ¿Puede explicar a los lectores de qué se trata?

—Cuanto antes acostumbre uno a los niños a pensar en positivo, mejor. En este sentido, el bote de la felicidad» es una iniciativa muy bonita para practicar en familia. La idea es tener en casa un gran bote, transparente, en el que cada noche todos los miembros metan una nota con lo bueno que les ha pasado a lo largo del día: que el repartidor de pizza ha sido particularmente amable, un abrazo chulo con un amigo o con tu hijo, un rato en un jardín, un baño con sales… cada uno tiene sus alegrías. Hay que escribir todos esos momentitos que habitualmente dejamos pasar, porque lo normal es que cada noche tu cerebro vaya a recordar lo malo, las decepciones del día, o una mirada desagradable de alguien, y meterlos en el bote.

El tiempo que se tarda en escribirlo permite al cerebro fijarlo. Tenemos memoria a corto plazo, a largo plazo, y lo que pasa es que todas estas cosas pasan tan deprisa… que no se fijan en la memoria. Las malas sí porque el cerebro las recuerda, les da vueltas. Pero las buenas no, por lo que es importante ser conscientes de este fallo de nuestro cerebro. Si entrenas a tus hijos desde pequeños a pensar en positivo, tienen algo muy importante que agradecerte. Es acostumbrarlos, igual que se lavan los dientes, a hacer de este gesto una rutina.

—Las 250 rutinas de su libro hablan de la importancia de cuidarnos, en todos los aspectos. ¿Por qué nos queremos tan poco?

—Nos queremos poco porque básicamente no nos han enseñado. ¿De qué sirve el amor a un cerebro que solo quiere sobrevivir? Relativamente de poco. ¿De qué sirve quererte a tí mismo? De mucho. No sabíamos que sentirte bien, sentir emociones positivas, te hace ser más inteligente, más creativo, te da mejor salud, mejores ingresos, mejores relaciones con los demás… Pero en efecto, tendemos a pensar que cuidar de nosotros es egoísta. No somos conscientes de hasta qué punto si tú no estás bien, difícilmente puedes hacer sentir bien al resto de personas que te rodean. Cómo vas a cuidar de los demás desde un lugar vacío, estresado, cansado o inseguro… No puedes dar lo que no tienes, básicamente.

—Los cuidadores, por lo general, tienen sexo femenino. ¿Por qué?

—A las mujeres en concreto nos han enseñado a dar y a cuidar, y eso es una herencia de siglos. Al decir que «no» tienen la sensación de que están siendo egoístas, de que se están poniendo por delante. Creo que es fantástico que podemos aprender que hay cosas que para ti son básicas, y que sin ellas no puedes funcionar.

—Usted en su libro habla de la importancia de decir NO, y de lo tarde que se aprende, por lo general. ¿Por qué motivo? ¿Cómo podemos enseñar a los hijos?

—¿Cómo aprenden la gestión emocional los niños? Por imitación. No hace falta que expliques las cosas tan claro. No les enseñes a decir que no. Que ellos vean que su madre o su padre saben decir que NO. Y que lo hace con asertividad, no con agresividad. Que vean que su madre, por ejemplo, cuida de sí misma. Si tú no te cuidas, ellos no se van a saber cuidar. Da igual lo que les digas, es lo que hagas. Eres su modelo, y este mensaje sí que es fundamental.

Fuente: ABC